Biodomo y el Jardín Botánico en Montreal

Eran las nueve de la mañana con diez minutos de ayer domingo cuando me desperté y lo primero que hice fue dar gracias a Dios Padre por la oportunidad de tener un nuevo día para respirar, para ver, para hablar, para oler y para sentir la grandeza de su esencia en cada instante de mi vida. Aleluya y gloria a ti Señor.

Luego, empecé a leer "El principio positivo" de Norman Vincent Peale por algunos minutos y me quedé con este mensaje, "La confianza en sí mismo, es el primer secreto del éxito". Y lo digo, porque justo en ese instante recordaba el momento en que decidí viajar a Canadá para proteger mi vida tras haberme involucrado en serios problemas con un conocido grupo armado en el Estado de Veracruz.
Click aquí para leer el capítulo completo y para ver todas las fotos...

Entré como turista al país porque me dio miedo solicitar el refugio en el aeropuerto. Por lo tanto, me quedan sólo tres días de mi estadía legal en este país y para ser sincero y por razones que aún desconozco, no he ido a ningún lugar a solicitar información sobre los trámites necesarios para la solicitud del asilo o refugio en Canadá.

Y para ser aún más honesto, todos estos días los he aprovechado al máximo disfrutando cada instante de mi vida como si éste fuera el último de mi existencia. Luego de haber leído un poco, me bañe, desayuné cereal con leche y tomé mi mochila hacia el inicio de
una nueva aventura por algunos lugares de la hermosa ciudad de Montreal.

Primero y por tren nuevamente, fui al Biodomo o Parque Olímpico donde sin prisa, pero sin pausa dediqué cada segundo de mi vida a observar con detalles
la majestuosa ciudad vista desde las alturas. El boleto de admisión cuesta quince dólares canadienses y es sólo para ir a la torre
y disfrutar de una maravillosa vista panorámica. Tomé varias fotos y bajé despacio mientras oraba y nuevamente agradecía a Dios
por tanta belleza contenida en un solo lugar.

Caminé alrededor del Biodomo y tomé más fotos del edificio y sus jardines desde diversos ángulos como tratando de inmortalizar tan casi perfectas
obras de arte construídas por las manos del hombre con la ayuda de Dios.

AQUÍ ESTÁN LAS FOTOS
















Unas cuadras adelante y caminando de frente al sol, llegué hasta lo que es una de las entrada del Jardín Botánico.

El boleto de admisión tiene un costo de diez y seis dólares, pero le dije que era estudiante, me pidieron mi ID, le mostré mi licencia
de conducir y me cobraron sólo doce dólares. Lamento haber mentido, pero con el resto me compré una coca y una paleta de fresas.

Ya estando en el interior del Jardín Botánico, primero entré al Insectario, el cual como su nombre lo indica es un pequeño
museo dedicado a los insectos. Es un verdadero halago estar ahí y poder conocer los cientos de especies que existen de estos
pequeños, pero interesantes bichitos.








Tomé algunas fotos y salí caminando despacio mientras respiraba profundamente el aire fresco de la mañana en aquéllos verdes jardines de la zona periférica.

Apenas había avanzado como treinta metros cuando vi que muchas personas esperaban a que hiciera alto total un pequeño trenecito de color rojo.

Sin hacer preguntas, tomé un lugar y empezamos un recorrido que tras pasar por exóticos parajes hizo su parada final frente a lo
todos conocen como el Jardín Chino o Chinese Garden.

Sin duda alguna, es un lugar donde sin tanto esfuerzo se puede uno extasiar de paz y harmonía.

La tranquilidad de sus aguas, el murmullo del viento y el olor del tiempo, son los elementos necesarios que te hacen soñar despierto
y despertar soñando en un mundo paralelo donde la realidad se conbina con la fantasía de manera inexplicable.












Ni siquiera el bullicio de la multitud de turistas que caminan por el lugar, puede romper el equilibrio de tan mágico lugar.

Enloquecí tomando fotos a diestra y siniestra mientras mis ojos no daban crédito a tanta belleza.

Deberán disculparme, pero es la primera vez que vengo a Canadá a y todo me parece extraño, hermoso y nuevo.

Luego de una hora de caminata por los alrededores, decidí regresar a la parada del trenecito, pero cuando me enteré que la salida
al metro estaba del lado opuesto, me compré una paleta de hielo con fresas de verdad, me senté en una pequeña banca y descansé
por unos minutos disfrutando a cada segundo el sabor de la victoria, el sabor de éxito, el sabor de la vida, el sabor de mi paleta con fresas verdaderas.


Quince minutos después, tomé el metro y a los cuarenta más llegué al departamento de mi amiga para comer algo y escribir esto que hoy les he contado y que forma parte de mi odisea por la bella ciudad de Montreal, Canadá.

Gracias por su lectura y espero que disfruten las fotos.

Sinceramente,
José Luis Ávila Herrera
EL REPORTERO SIN FRONTERAS
Publicar un comentario