La crisis económica y mi regreso a México

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Sorpresivamente, la crisis por la que atraviesan actualmente los Estados Unidos y varios otros países, me ha llevado al igual que miles de empleados que trabajaban en las diversas compañías norteamericanas a la búsqueda inesperada de nuevos horizontes.

Ya se rumoraba en la tienda que mi jefe cerraría el lugar en cualquier momento, pero no fue sino hasta el pasado día viernes 12 de diciembre que se nos dio la terrible noticia que nos cayó a todos como un helado balde de agua fría sobre nuestros cuerpos desnudos.


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Aún recuerdo los detalles del suceso como si hubiese sido ayer...

Mi jefe llegó esa tarde a la tienda como de costumbre, pero permanecía afuera del negocio dando pequeñas vueltas mientras fumaba sin parar
cigarro trás cigarro. Su conducta se me hizo rara a pesar de saber que fumaba demasíado todos los días.

Más de una hora estuvo así, me atrevo a pensar que no sabía ni qué decir...

De pronto, entró cabizbajo directo a su oficina y me llamó enseguida.

Con discresión, miré mi reloj como tratando de inmortalizar el momento exacto de algo que por siempre quedaría en mi recuerdo y que daría a
mi vida y a la de otros, un giro de 180 grados.

Eran las siete de la noche con diez minutos de aquél viernes 12 de diciembre del año 2008.

José, tengo algo que informarte. Dijo mi jefe en voz baja.

Las cosas no van nada bien en la tienda, las ventas han caído drásticamente y las deudas con el banco son cada día mayores, dijo mi jefe.

Por lo tanto y después de analizar bien la situación, he decidido cerrar la tienda por tiempo indefinido, pagaré la deuda al banco con
mis ahorros personales e iré a mi país para estar con mi familia y a la espera de nuevas oportunidades, concluyó.

Mientras tanto, dejo en tus manos la responsabilidad de informar esta desición a los empleados y diles que hablaré
con ellos en mi casa hoy a las nueve de la noche para realizar el pago de sus sueldos y nos despediremos todos con una
cena de comida china, postres y gelatinas.

Luego, salió sin ver a nadie y fui yo quien se puso a dar pequeñas vueltas afuera mientras fumaba cigarro tras cigarro.

Adentro, había esa noche tres empleados que atentos me miraban como presintiendo el fin de algo que para algunos apenas empezaba.

Cuarenta y cinco minutos después aproximadamente, entré y fui directo a la oficina para escribir con letras mayúsculas la palabra
CLOSED (cerrado) en una hoja blanca tamaño carta con un marcador de aceíte color negro.

Todos se quedaron inmóviles y callados...

Aclaré mi garganta y les dije: Todo lo que sube baja; y todo lo que empieza acaba.

Hace unos minutos, mi jefe me ha informado su desición de cerrar la tienda debido a graves problemas financieros.

Así que estoy seguro que ustedes al igual que yo esperaban ese momento en vista de la creciente cantidad de despidos no solamente locales, sino
de magnitudes nacionales e internacionales.

Tomé mi celular e hice venir de inmediato a los demás empleados que formaban parte de mi equipo de trabajo.

En pocos minutos, estábamos todos juntos hablando sobre economía y finanzas, repasando lo que ellos habían visto en la televisión,
leído en los periódicos y revistas y lo que yo sabía a través de Internet.

La situación era crítica y lamentablemente nos había tocado esta vez a nosotros ser parte de este fenómeno que ya había cobrado
la estabilidad económica de miles de personas en los Estados Unidos.

Esa noche, todos nos reunimos a las nueve en la casa de mi jefe.

Empezamos a tomar un brebaje chino que ahora no recuerdo el nombre, pero que emborracha y al paso de dos horas estábamos festejando a las risas
nuestra despedida en vez de estar llorando por nuestro incierto futuro.

Mi jefe haciendo gala de su gran don del convencimiento, relajó nuestra recóndita inquietud diciéndonos que regresaría de su país,
que le diéramos nuestros números de teléfono actuales, correos electrónicos y nuestras direcciones para estar en contacto permanente en aras
de futuras oportunidades.

No sé por qué, pero nos sentimos seguros.

Pasaron las horas y felices seguimos tomando esa cosa rara que en cada trago nos daba una pequeña dosis de olvido cubierta con
sublimes esperanzas de volver a trabajar todos juntos para quien durante todo este tiempo alimentó nuestras bocas, nuestros sueños y nuestros ideales.

Eran las tres de la mañana cuando desperté de un profundo letargo recostado sobre un sofá de piel color miel y frente a mi, seis enormes pantallas
LCD Bravia de Sony en las que mi jefe nos veía diariamente por su sistema de seguridad basado en 23 cámaras que yo mismo le había aconsejado instalar.

Del otro lado, un enorme jardín con flores de colores que apenas veía con las tenúes luces de las lámparas decorativas del exterior.

No vi a nadie cerca ni escuche ruido alguno, salí despacio, encendí mi motocicleta RV250 y salí con destino al dúplex donde aún vivía.

Ese mismo día, me dediqué a empacar algunas cosas y tomé la determinación de volver a casa.

Aunque pude, me dio flojera ir por ahí de paso en paso buscando otro lugar donde trabajar.

Pensé que después de todo, mi Sueño Americano se había realizado.

Es más, me daba pena pensar en que el famoso manager o encargado de la que alguna vez fuera una tienda próspera y concurrida,
anduviera por ahí dando lástimas buscando la manera y forma de ganarse el pan de cada día.

No estaba dispuesto a humillarme, la gente me conocía...

Suponiendo que no me importara lo que dijera la gente, era como empezar de nuevo y para eso, no esta dispuesto.

Me imaginé viendo la gravedad de la crisis, hasta trabajando en la construcción dos o tres días por semana debido a las inclemencias del tiempo.

Preparé lo que más pude y salí a comprar un boleto hacia la ciudad de México, no avisé a nadie de mi familia,
quería llegar así de sorpresa, así de pronto, así como un ladrón.

Por razones que aunque sospecho ignoro, me sentía feliz y el hecho de saber que vería de nuevo a mi madre y a mis hermanos
después de dos largos años, dibujaba en mi rostro una ligera sonrisa.
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