Ahora entiendo por qué odian a los dentistas...

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Hace una semana exactamente, fui a un consultorio dental que se encuentra a tan sólo 2 cuadras del centro de la ciudad de Nashville y como a 300 metros del lugar donde ahora vivo. En aquella ocasión me hicieron un examen general, me tomaron radiografías y me dieron el diagnóstico y plan de acciones a llevar a cabo en base a todos los estudios que en ese instante me realizaron. La determinación del dentista, fue que necesitaba una limpieza urgente, unos empastes de resina y otras reparaciones que aunque menores, no dejaban de ser importantes.
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Ese mismo día, hice una cita para que a la brevedad posible me hicieran la limpieza general. Ese día, fue hoy precisamente y mientras escribo estas líneas aún me duele la boca por todo lo que hicieron conmigo.

Mi cita era a las 9 de la mañana y a las 9 con 10 minutos se abrió una enorme puerta blanca de madera y una mujer joven preguntó por mi en la sala de espera.

Por alguna razón y con más emoción que miedo, alzé mi mano izquierda por que en la derecha tenía el casco que utilizo para andar en mi pequeña motocicleta Yamaha Zuma 2008 de color azul y le contesté a la mujer joven que era yo a quien buscaba.

Despacio me dirigió por varios pasillos hasta llegar a un cuarto muy amplio con muchos utensilios raros, pero propios del lugar.

Me indicó que me sentara en una silla enorme y medio extraña y tras pulsar un botón esa cosa empezó a moverse hacia abajo dejándome absolutamente acostado y boca arriba.

Luego, ella preparó toda una serie de pequeñas herramientas y se dispuso a limpiarme el hocico. 'Open the mouth, Close the mouth'. Abre la boca, cierra la boca me decía a cada rato mientras preparaba todo lo que iba a necesitar.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando puso frente a mis incrédulos ojos una especie de tubito azul fosforecente que de inmediato identifiqué como un láser.

Eso era precisamente, un utensilio que mediante la tecnología de rayos láser limpia los dientes a un nivel superior y por qué no decirlo, a un nivel profesional.

Al principio, no era tan molesto pero sí era insoportable el sonido agudo que generaba al contacto con los dientes y mas que nada con la caries.

La mujer joven me metió el tubo por todas partes y la mera neta como a la media hora de estar limpiándome la boca, no pude evitar algunas lágrimas.

'Are you Ok?' (Estás bien?) me preguntaba a cada rato.

Mis ojo0s seguían cerrados...

Lo acepto, olvidé decirles que los cerré cuando vi entrar en mi boca a ese tubo azul que empezaba a odiar a muerte.

Un poco después, la dentista empezó a utilizar otros utensilios cromados y puntiagudos, pequeños espejos y una micro maquinita que enguagaba mi boca a presión con oxígeno helado.

El mismo tubo azul, tenía acoplada una especie de aspiradora que a cada rato succionaba la saliva, la sangre y toda la mierda que había entre mis dientes.

No les miento al decirles que el proceso duró 1 hora con 40 minutos.


Yo ya estaba desesperado porque entre más usaba el láser, más me lastimaba. Era una sensación indescriptible cada que que el láser hacía contacto con algunas áreas sensibles de mi boca. Para ser sincero, cada que eso pasaba, sólo me retractaba un poco, me retorcía como gusano silvestre y el asterisco me sudaba.

Luego me dio una buena embarrada de no sé qué cosa en las encías, me dio otra raspada por todos lados con los utensilios puntiagudos, volvió a succionar los desechos, me lavó bien con la maquinita a presión de oxígeno helado y me dijo que cerrara mi boca y descansara unos minutos.

5 minutos después, me entregó un pequeño vasito con enjuague bucal y me dijo que me lavara la boca en el pequeño lavamanos que estaba en la esquina del enorme cuarto.

Salí de ahí con el hocico cerrado pues aún me dolía, hice una cita para que me hagan el tratamiento de resina, me entregaron un pequeño enguaje, un cepillo Oral B y una cajita con hilo dental.

Olvidaba mencionar que aunque la dentista me hizo hasta llorar, valoré su trabajo, sabía que había hecho bien las cosas y le dejé veinticinco dólares de propina.

Afuera del consultorio, me estaba esperando la pequeña Zuma 2008, me puse mi casco, mis guantes, mis lentes, la encendí y me fui a dar unas vueltecitas a orillas del Río Cumberland sólo para olvidarme del pasado.

Así que usted como yo, pierda el miedo y enfréntese a la realidad.

Limpie su boca, sonría y sea feliz.

AGRADECIMIENTOS a todos quienes dedican algunos minutos de su tiempo para leer las aventuras de José Luis Ávila Herrera durante su estancia en los Estados Unidos de Norteamérica.

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